Sobre la infalibilidad del papa
A continuación una transcripción del discurso del obispo Joseph Georg Strossmayer. Se ha
conservado la redacción y la puntuación original, aunque a veces se halle reñida con el uso y la
ortografía actual.
Discurso del Obispo Joseph Georg Strossmayer pronunciado ante Pio IX, en el Concilio Vaticano de
1870.
Venerables Padres y Hermanos:
No sin temor, pero con una conciencia libre y tranquila ante Dios que vive y me vé, tomo la palabra
en medio de vosotros, en esta augusta asamblea.
Desde que me hallo sentado aquí con vosotros, he seguido con atención los discursos que se han
pronunciado en esta sala, ansiando con grande anhelo que un rayo de luz, descendiendo de
arriba, iluminase los ojos de mi inteligencia y permitiése votar los cánones de este Santo Concilio
Ecuménico con perfecto conocimiento de causa.
Penetrado del sentimiento de responsabilidad, por lo cual Dios me pedirá cuenta, me he propuesto
estudiar con escrupulosa atención los escritos del Antiguo y Nuevo Testamento y he interrogado a
estos venerables monumentos de la verdad, para que me diesen a saber si el Santo Pontífice, que
preside aquí, es verdaderamente el sucesor de San Pedro, Vicario de Jesucristo e Infalible doctor
de la Iglesia.
Para resolver esta grave cuestión me he visto precisado a ignorar el estado actual de las cosas y a
transportarme en mi imaginación, con la antorcha del Evangelio en las manos, a los tiempos que ni
el Ultramontanismo ni el Galicanismo existían, y en los cuales la Iglesia tenía por doctores a San
Pablo, San Pedro, Santiago y San Jorge, doctores a quienes nadie puede negar la autoridad divina
sin poner en duda lo que la Santa Biblia, que tengo delante, nos enseña y la cual el Concilio de
Trento proclamó como la regla de la fe y de la moral.
He abierto, pues, estas sagradas páginas: y bien, ¿me atreveré a decirlo? Nada he encontrado que
sancione próxima o remotamente la opinión de los ultramontanos. Aún es mayor mi sorpresa,
porque no encuentro en los tiempos apostólicos nada que haya sido cuestión de un papa sucesor
de San Pedro y Vicario de Jesucristo, como tampoco a Mahoma que no existía aún.
Vos, monseñor Manning, diréis que blasfemo; y vos, monseñor Fie, diréis que estoy demente. ¡No,
monseñores, no blasfemo, ni estoy loco! Ahora bien, habiendo leido todo el Nuevo Testamento,
declaro ante Dios con mi mano elevada al gran Crucifijo, que ningún vestigio he podido encontrar
del Papado, tal como existe ahora.
No me rehuséis vuestra atención, mis venerables hermanos, y con vuestros murmullos e
interrupciones justifiquéis a los que dicen como el padre Jacinto, que este Concilio no es libre,
porque vuestros votos han sido de antemano impuestos. Si tal fuese el hecho esta augusta
asamblea, hacia la cual todas las miradas del mundo están dirigidas, caería en el más grande
descrédito.
Si deseáis ser grandes, debemos ser libres. Agradezco a su excelencia, monseñor Dupanloup, el
signo de aprobación que hace con la cabeza. Esto me alienta y prosigo. Leyendo, pues, los santos
Libros con toda la atención de que el Señor me ha hecho capaz, no encuentro un sólo capítulo, o
un versículo, en el cual Jesús dé a San Pedro la jefatura sobre los apóstoles, sus colaboradores.
Si Simón, el hijo de Jonás, hubiése sido lo que hoy día creemos sea su Santidad Pio IX, extraño es
que no les hubiése dicho: "Cuando haya ascendido a mi Padre, debéis todos obedecer a Simón
Pedro, así como ahora me obedecéis a mí. Le establezco por mi Vicario en la tierra. No solamente
calla Cristo sobre este particular, sino que piensa tampoco en dar una cabeza a la Iglesia, que
cuando promete tronos a sus apóstoles, para juzgar a las doce tribus de Israel (Mateo, 19:28), les
promete doce, uno para cada uno, sin decir que de entre dichos tronos uno sería más elevado, el
cual pertenecía a Pedro. Indudablemente, si tal hubiése sido su intento, lo indicaría. ¿Que hemos
de decir de su silencio? La lógica nos conduce a la conclusión de que Cristo no quiso elevar a
Pedro a la cabecera del colegio apostólico.
Cuando Cristo envió a los apóstoles a conquistar el mundo, a todos dió la promesa del Espíritu
Santo. Permitidme repetirlo: si El hubiése querido constituir a Pedro en su Vicario, le hubiera dado
el manod supremo sobre su ejército espiritual. Cristo, así lo dice la Santa Escritura, prohibió a
Pedro y a sus colegas reinar o ejercer señorío o tener potestad sobre los fieles, como hacen los
reyes gentiles. (Lucas, 22, 25, 26) Si San Pedro hubiése sido elegido Papa. Jesús no diría esto;
porque según vuestra tradición, el Papado tiene en sus manos dos espadas, símbolos del poder
espiritual y temporal. Hay una cosa que me ha sorprendido muchísimo: Resolviéndola en mi mente
me he dicho a mi mismo: si Pedro hubiése sido elegido Papa, ¿se permitiría a sus colegas enviarle
con San Juan a Samaria para anunciar el Evangelio del Hijo de Dios? (Hechos, 2:15).
¿Que os parecería, venerables hermanos, si nos permitiésemos ahora mismo enviar a su Santidad
Pio IX, y a su eminencia monseñor Plautier al Patriarca de constantinopla para persuadirle a que
pusiese fin al cisma del Oriente? Mas, he aquí otro hecho de mayor importancia. Un Concilio
Ecuménico se reune en Jerusalén para decidir cuestiones que dividían a los fieles. ¿Quien debiera
convocar este Concilio si San Pedro fuése Papa? Claramente San Pedro ¿Quién debiera
presidirlo? San Pedro o su delegado. ¿Quien debiera formar o promulgar los cánones? San Pedro.
Pues bien, ¡Nada de esto sucedió! Nuestro apóstol asistió al Concilio, así como los demás, pero no
fué quien reasumió la discusión sino Santiago y cuando se promulgaron los decretos se hizo en
nombre de los apóstoles ancianos y hermanos. (Hechos, 15).
¿Es esta la práctica de nuestra Iglesia? Cuanto más lo examino, ¡oh venerables hermanos! tanto
más estoy convencido que en las Sagradas Escrituras, el hijo de Jonás no parece ser el primero.
Ahora bien; mientras nosotros enseñamos que la Iglesia está edificada sobre San Pedro, San
Pablo, cuya autoridad no puede dudarse, dice en su epístola a los Efesios, 2:2o, que está edificada
sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Cristo mismo.
Este mismo apóstol cree tan poco en la supremacía de Pedro, que abiertamente culpa a los que
dicen: "Somos de Pablo, somos de apolo (1o Corintios 1:12) ; así como culpa a los que dicen:
"somos de Pedro". Si este último apóstol hubiése sido el Vicario de Cristo, San Pablo se habría
guardado bien de no censurar con tanta violencia a los que pertenecíana su propio colega. El
mismo apóstol Pablo, al enumerar los oficios de la Iglesia, menciona apóstoles, profetas,
evangelistas, doctores y pastores.
¿Es creible, mis venerables hermanos, que San Pablo, el gran apóstol de los gentiles, olvidase el
primero de estos oficios del Papado, se el Papado fuera de divina institución? Este olvido me
parece tan imposible como el de un historiador de este Concilio que no hiciese mención de su
Santidad Pio IX. (Varias veces: ¡Silencio, hereje, silencio!
Calmaos, venerables hermanos, que todavía no he concluído. Impidiéndome que prosiga,
manifestaríais al mundo que procedéis sin justicia, cerrando la boca de un miembro de esta
asamblea. Continuaré: el apóstol Pablo no hace mención en ninguna de sus epístolas, a las
diferentes iglesias, de la primacía de Pedro. ¿Si esta primacía existiese, si, en una palabra, la
Iglesia hubiése tenido una cabeza suprema dentro de sí, infalible en enseñanzas, podría el gran
apóstol de los gentiles olvidar el mencionarla? ¡Que digo! Más probable que hubiése escrito una
larga epístola sobre esta importante materia. Entonces, cuando el edificio de la doctrina cristiana
fué erigido ¿podría, como lo hace, olvidarse de la fundición, de la clave del arco? Ahora bien; si no
opináis que la Iglesia de los apóstoles fué herética, lo que ninguno de vosotros desearía u osaría
decir, estamos obligados a confesar que la Iglesia nunca fué mas bella más pura, ni mas Santa que
en los tiempos en que no hubo Papa. (Gritos de: ¡No es verdad! ¡No es verdad! No digo monseñor
Laval, "No", Si alguno de vosotros, mis venerables hermanos, se atreve a pensar que la Iglesia que
hoy tiene un Papa por cabeza, es más firme en la fé, más pura en la moralidad que la Iglesia
apostólica, dígalo abiertamente ante el universo, puesto que este recinto es un centro desde el
cual nuestras palabras volarán de polo a polo.
Prosigo: ni en los escritos de San Pablo, San Juan o Santiago se descubre traza alguna o germen
del poder Papal. San Lucas, el historiador de los trabajos misioneros de los apóstoles, guarda
silencio sobre este importantísimo punto. El silencio de estos hombres santos, cuyos escritos
forman parte del canon de las divinamente inspiradas Escrituras me parece tan penoso e
imposible, si Pedro fuese Papa, y tan inexcusable como si Thievs, escribiendo la historia de
Napoleón Bonaparte, omitiese el título de emperador.
Veo delante de mí un miembro de la asamblea que dice señalándome con el dedo: "¡Ahí está un
obiso cismático, que se ha introducido entre nosotros con falsa bandera". No, no, mis venerables
hermanos; no he entrado en esta augusta asamblea como un ladrón por la ventana sino por la
puerta, como vosotros; mi título de obispo me dió derecho a ello, así como mi conciencia cristiana
me obliga a hablar y decir lo que creo sea verdad.
Lo que más me ha sorprendido y que, además, se puede demostrar es el silencio del mismo San
Pedro. Si el apóstol fuese lo que proclamáis que fue, es decir, Vicario de Jesucristo en la tierra, él,
al menos, debiera saberlo. Si lo sabía ¿como sucede que ni una sola vez obró como Papa? Podría
haberlo hecho el día de Pentecostés, cuando predicó su primer semón, y no lo hizo; en el Concilio
de Jerusalen, y no lo hizo en Antioquía, y no lo hizo, como tampoco lo hace en las dos epístolas que
dirige a la Iglesia. ¿Podéis imaginaros un tal Papa, mis venerables hermanos, si es que Pedro era
Papa?
Resulta, pues, que si queréis sostener que fué Papa, la consecuencia natural es que él no lo sabía.
Ahora pregunto a todo el que tenga cabeza con que pensar y mente con qué reflexionar: ¿son
posibles estas dos suposiciones? Digo, pues, que mientras los apóstoles vivían, la Iglesia nunca
pensó que había Papa. Para sostener lo contrario, sería necesario entregar las Sagradas
Escrituras a las llamas o ignorarlas por completo. Pero escucho decir por todos lados: "Pues qué,
¿no estuvo San Pedro en Roma? No fue crucificado con la cabeza abajo? ¿No se hallan los
lugares donde enseñó, y los altares donde dijo misa, en esta ciudad eterna?
Que San Pedro haya estado en Roma, reposa, mis venerables hemanos, sólo sobre la tradición;
más aún, si hubiese sido obispo de Roma ¿cómo podéis probar con su espicopado su supremacía?
Scaligero, uno de los hombres más eruditos, no vacila en decir que el episcopado de San Pedro y
su residencia en Roma, deben clasificarse entre las leyendas ridículas ("Repetidos gritos: ¡Tapadle
la boca; hacedle descender del púlpito).
Venerables hermanos, estoy pronto a callarme, más ¿no es mejor en una asamblea como la
nuestra, probar todas las cosas como manada el apóstol y creer todo lo que es bueno?.
Pero, mis venerables amigos, tenemos un dictador ante el cual todos debemos postrarnos y callar,
aún su Santidad Pío IX, e inclinar la cabeza. Ese dictador es la historia, Esta no es como un
legendario que puede reformar el estilo con que el alfarero hace su barro, sino como un diamante
que esculpe en el cristal palabras, indelebles. Hasta ahora me he apoyado sólo en ella, y no
encuentro vestidio alguno del Papado en los tiempos apostólicos; la falta es suya; no es mía.
¿Queréis quizá colocarme en la posición de un acusado de mentira? Hacedlo si podéis.
Oigo a la derecha estas palabras: "Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia" (Mat. 16:
18). Contestaré esta objeción después, mis venerables hermanos; más, antes de hacerlo, deseo
presentaros el resultado de mis investigaciones históricas. No hallando ningun vestigio del Papado
en los tiempos apostólicos, me dije a mí mismo: quizá hallaré al papa en los cuatro primeros siglos y
no he podido dar con él. Espero que ninguno de vosotros dudará de la gran autoridad del santo
obispo de Nipona, el grande y bendito San Agustin. Este piadoso doctor, honor y gloria de la Iglesia
católica, fué secretario en el Concilio de Meline. En los decretos de esa venerable Asamblea, se
hallan estas palabras: "Todo el que apelase a los de otra parte del mar, no será admitido en la
comunión por ninguno en el africa.
Los obispos del Africa reconocían tampoco a los obispos de Roma que castigaban con excomunión
a los que recurriesen a su arbitrio. Estos mismos obispos en el sexto Concilio de Cartago,
celebrado bajo Aurelio obispo de dicha ciudad, escribieron a Celestino, obispo de Roma,
amonestándole que no recibiese a los obispos, sacerdotes o clérigos de Africa; que no enviase
más legados o comisionados y que no introdujese el orgullo humano en la Iglesia. Que el patriarca
de Roma había desde los primeros tiempos tratado de atraerse a sí mismo toda autoridad, es un
hecho evidente; y los es también igualmente, que no poseía la supremacía que los Ultramontanos
le atribuyen. Si la poseyese, ¿osarían los obispos de Africa, San Agustín entre ellos, prohibir
apelaciones a los decretos de su supremo tribunal? Confieso, sin embargo, que el patriarca de
Roma ocupaba el primer puesto. Una de las Leyes de Justiniano dice: "Mandamos, conforme a la
definición de los cuatro Concilios, que el Santo Papa de la antigua Roma sea el primero de los
obispos, y que su alteza el arzobispo de Constantinopla, que es la nueva Roma, sea el segundo"
Inclínate, pues, a la supremacía del Papa, me diréis.
No corráis tan apresurados a esa conclusión mis venerables hermanos, proque la Ley de
Justiniano lleva escrito al frente: del orden de sedes patriarcales". Procedencia es una cosa, y el
poder de jurisdicción es otra. Por ejemplo: suponiendo que en Florencia se reuniese una asamblea
de todos los obispos del reino, la procedencia se daría naturalmente al primado de Florencia, así
como entre los occidentales se concedería al patriarca de Constantinopla y en Inglaterra al
arzobispo de Canterbury. Pero ni el primero, segundo o tercero, podría aducir de la asignada
posición una jurisdicción sobre sus compañeros. La importancia de los obispos de Roma procede
no de un poder divino sino de la importancia de la ciudad donde está la Sede. Monseñor Darvoy no
es superior en dignidad al arzobispo de Avignón; más, no obstante, París le dá una consideración
que no tendría, si en vez de tener su palacio en las orillas del Sena se hallase sobre el Rodano.
Esto que es verdadero en la jerarquía religiosa, lo es también en materias civiles y políticas. El
prefecto de Roma no es más que un prefecto como el de Pisa; pero civil y políticamente es de
mayor importancia aquel.
He dicho ya que desde los primeros siglos, el patriarca de Roma aspiraba al gobierno universal de
la Iglesia; desgraciadamente casi lo alcanzó; pero no consigió ciertamente sus pretensiones,
porque el emperadoro Teodosio II hizo una Ley, por la cual estableció que el Patriarca de
Constantinopla tuviera la misma autoridad que el de Roma. Los padres del Concilio de Calcedonia,
colocan a los obispos de la antigua y de la nueva Roma en la misma categoría de todas las cosas,
aun en las eclesiásticas. (Can. 28). El sexto Concilio de Cartago prohibió a todos los obispos que
se abrogasen el título de príncipes de los obispos u obispos soberanos. En cuanto al título Obispo
Universal, que los Papas se abrogaron más tarde Gregorio I, creyendo que sus sucesores nunca
pensarían en adornarse con él, escribió estas notables palabras: "Ninguno de mis antecesores ha
consentido en llevar este título profano, porque cuando un Patriarca se abroga a sí mismo el
nombre de universal, el título de patriarca sufre descrédito. Lejos esté pues de los cristianos, el
deseo de darle un título que cause descrédito a sus hermanos".
San Gregorio dirigió estas palabras a su colegio de Constantinopla que pretendía hacerse primado
de la Iglesia. El Papa Pelagio II llamaba a Juan, obispo de Constantinopla, que aspiraba al sumo
pontificado, impío y profano. "No se le importe", decía, "El título universal" que Juan ha ususrpado
ilegalmente, que ninguno de los patriarcas se abrogue ese nombre profano, porque ¿cuantas
desgracias no debemos esperar si entre los sacerdotes se suscitan tales ambiciones? Alcanzarían
lo que se tiene predicho de ellos: "El es el rey de los hijos del orgullo". (Pelagio" Lett. 13).
Estas autoridades, y podría citar cien más de igual valor, ¿no prueban con una claridad igual al
resplandor del sol en medio del día, que los primero obispos de Roma no fueron reconocidos como
obispos y cabezas de la Iglesia, sino hasta tiempos muy posteriores? Y por otra parte ¿quien no
sabe que desde el año 325, en el cual se celebró el primer Concilio de Nicéa, hasta 580, año en
que fué celebrado el segundo Concilio Ecuménico de Constantinopla, y entre más de 1,109
obispos que asistieron a los primeros seis Concilios Generales, no se hallaron presentes más que
19 obispos de occidente?.
¿Quien ignora que los Concilios fueron convocados por los emperadores, sin siquiera informarle de
ello, y frecuentemente aun en oposición a los deseos del obispo de Roma? O ¿que Osio, obispo de
Córdova, presidió el primer Concilio de Nicéa y redactó sus cánones? El mismo Osio, presidiendo
después el Concilio de Sárdica, excluyó al legado de Julio, obispo de Roma. No diré más, mis
venerables hermanos, y paso a hablar del gran argumento a que me referí anteriormente para
establecer el Primado del obispo de Roma.
Por la roca (petrea), sobre que la Santa Iglesia está edificada, entendéis que es Pedro. Si esto
fuera verdad, la disputa quedaría terminada; más nuestros antepassados, y ciertamente debieron
saber algo, no se oponían sobre esto como nosotros, San Cirilo, en su cuarto libro sobre la
Trinidad, dice: "Creo por la roca debéis entender la fe inmóvil de los apóstoles". San Hilario, obispo
de Poitiers, en su segundo libro sobre la Trinidad, dice: "La roca (petrea) es la bendita y sola roca
de la fe confesada por la boca de San Pedro"; y en su sexto libro de la trinidad dice: "Es sobre esta
roca de la confesión, de la fe, que la Iglesia está edificada". "Dios, dice San Jerónimo, en el sexto
libro sobre San Mateo; ha fundado su Iglesia sobre esta roca, y es de esta roca que el apóstol
Pedro fué apellidado". De conformidad con él, San Crisóstomo dice en su Homilia 53 sobre San
Mateo: "Sobre esta roca edificaré mi Iglesia, es decir, sobre la fé de la confesión". Ahora bien,
¿cual fue la confesión del apóstol? Hela aquí: "Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente".
Ambrosio, el santo arzobispo de Milan, sobre el sebgundo capítulo de la Epístola a los Efesios; San
Basilio de Selencia y los padres del Concilio de Calcedonia, enseñan preceisamente la misma cosa.
Entre todos los doctores de la antiguedad cristiana, San Agustín ocupa uno de los primeros
puestos por su sabiduría y santidad. Escuchad, pues, lo que escribe sobre la primera epístola de
San Juan: "¿Que significan las palabras edificaré mi Iglesia sobre esta roca, sobre esta fe, sobre
eso que dices, tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente"? En su tratado 124 sobre San Juan,
encontramos esta muy significativa frase: "Sobre esta roca, que tu has confesado, edificaré mi
Iglesia, puesto que Cristo mismo es la roca".
El gran obispo creía tan poco que la Iglesia fuese edificada sobre San Pedro, que dijo a su grey en
su sermón 13: "Tú eres Pedro y sobre esta roca (petrea) que tú has confesado, sobre esta roca
que tú has reconocido: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. La edificaré sobre mí mismo, y
no sobre tí". Lo que San Agustín enseña sobre este célebre pasaje, era la opinión de todo el mndo
cristiano en sus días; por consiguiente, reasumo y establezco:
1o. Que Jesús dió a sus apóstoles el mismo poder que dió a Pedro.
2o. Que los apóstoles nunca reconocieron en San Pedro al Vicario de Jesucristo y al infalible
doctor de la Iglesia.
3o. Que los Concilios de los cuatro primeros siglos, mientras reconocían la alta posición que el
obispo de Roma ocupaba en la Iglesia por motivo de Roma, tan sólo le otorgaron una preeminencia
honoraria, nunca el poder y la jurisdicción.
4o. Que los Santos padres en el famoso pasaje "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi
Iglesia", nunca entendieron que la Iglesia estaba edificada sobre San Pedro, sino sobre la roca, es
decir, sobre la confesión de la fe del apóstol.
Concluyo victoriosamente, conforme a la historia, la razón, la lógica el buen sentido y la conciencia
cristiana, que Jesucristo no dió supremacía alguna a San Pedro, y que los Obispos de Roma no se
constituyeron soberanos de la Iglesia, sino tan sólo confesando uno por uno todos los derechos del
episcopado. (Voces: ¡Silencio! insolente. Protestante. ¡Silencio!).
¡No soy un Protestante insolente! La historia no es católica, ni anglicana, ni Calvinista, ni Luterana,
ni Armeniana, ni Griega Cismática, ni Ultramontana. Es lo que es decir, algo más poderoso que
todas las confesiones de la fe, que todos los Cánones de los Concilios Ecuménicos. Escribid contra
ella si osáis hacerlo, más no podréis destruirla, como tampoco sacando un ladrillo del Coliseo,
podríais hacerlo derribar. Si he dicho algo que la historia pruebe ser falso, enseñádmelo con la
historia; y sin un momento de titubeo, haré la más honorable apología. Más tened paciencia, y
veréis que todavía no he dicho todo lo que quiero y puedo y aun si la pira fúnebre me aguardase
en la Plaza de San Pedro, no callaría, porque me siento precisado a proseguir.
Monseñor Dupanleup, en sus célebres "Observaciones" sobre este Concilio Vaticano, ha dicho, y
con razón, que si declaramos a Pío IX infalible, deberemos necesariamente, y de lógica natural,
vernos precisados a mantener que todos sus predecesores eran también infalibles. Pero,
venerables hermanos, aquí la historia levanta su voz con autoridad, ssegurándonos que
algunosPapas erraron. Podréis contestar contra esto o negarlo, si así os place; más yo lo probaré.
El Papa Victor (192) primero aprobó el montanismo y después lo condenó. Marcelino (296 a 303)
era un idólatra. Entró en el Templo de Vesta y ofreció incienso a la diosa. Diréis que fué acto de
debilidad, pero contesto: Un Vicario de Jesucristo muere, más no se hace apóstata. Liberio (358)
consintió en la condenación de Atanasio; después hizo profesión de Arianismo para lograr que se
revocase el destierro y se le restituyese su sede. Honorio (625) se adhirió al monotolismo; el padre
Gatry lo ha probado hasta la evidencia.
Gregorio I (578 a 590) llama Anticristo a cualquiera que se diese el nombre de Obispo Universal; y
al contrario, Bonifacio III (607 a 608) persuadió al emperador parricida, Phocas a que le confiriera
dicho título. Pascal II (1088 a 1099) y Eugenio III (1145 a 1153) autorizaron los desafíos , mientras
que Julio II (1599) y Pío IV (1560) los prohibieron. Eugenio IV (1431 a 1439) aprobó el Concilio de
Basiléa y la restitución del cáliz a la Iglesia Bohemia, y Pío II (1458) revoca la concesión. Adriano II
(867 a 872) declaró válido el matrimonio civil; pero Pío VII (1800 a 1823) lo condenó. Sixto V (1585
a 1590) compró una edición de la Biblia y con una bula recomendó su lectura; más Pío VII condenó
su lectura. Clemente XIV 1700 a 1721) abolió la Compañía de los Jesuitas, permitida por Pablo II, y
Pío VII la restableció.
Más, ¿a que buscar pruebas tan remotas? ¿No ha hecho otro tanto nuestro santo padre que está
aquí, en su bula, dando reglas para este mismo Concilio, en el caso de que muriese mientras se
halla reunido, revocando cuanto en tiempos pasados fuese contrario a ello, aun cuando procediese
de las decisiones de sus predecesores? y, ciertamente, si Pío IX ha hablado ex cátedra, no es
cuando desde lo profundo de su tumba impone su voluntad sobre los soberanos de la Iglesia.
Nunca concluiría mis venerables hermanos, si tratase de presentar a vuestra vista las
contradicciones de los Papas en sus enseñanzas; por lo tanto, si proclamáis la infalibilidad del
Papa actual, tendréis que probar o bien que los Papas nunca se contradijeron, lo que es imposible,
o bien tendréis que declarar que el Espíritu Santo os ha revelad que la infalibilidad del Papado es
tan sólo de fecha 1870. ¿Sóis bastante atrevidos para hacer esto? Quizá los pueblos esten
indiferentes y dejen pasar cuestiones teológicas que no entienden y cuya importancia no ven; per
aun cuando sean indiferentes a los principis, no lo son en cuanto a los hechos.
Pues bien, no os engañéis a vosotros mismos. Si decretáis el dogma de la infalibilidad Papal, los
Protestantes, nuestros adversarios, montarán la brecha, con tanta más bravura cuanto tienen la
historia de su lado, mientras que nosotros sólo tendremos nuestra negación que oponerles. ¿Que
les diremos cuando expongan a todos los obispos de Roma, desde los días de Lucas hasta su
Santidad Pío IV? ¡Ay! Si todos hubiesen sido como Pío IX triunfaríamos en toda la línea; más,
¡desgraciadamente no es así! (Gritos de: ¡Silencio, silencio! ¡Basta, basta!) ¡No gritéis, monseñor!
Temer a la historia es confesaros derrotados. Y, además, aun si pudiérais hacer correr toda el
agua del Tibe sobre ella, no podrías borrar ni una sola de sus páginas. Dejadme hablar y seré tan
breve como sea posible en este importantísimo asunto.
El Papa Virgilio (538) compró el papado a Belizario, teniente del emperador Justiniano. Es verdad
que rompió su promesa y nunca pagó por ello. ¿Es esta una manera canónica de ceñirse la tiara?
El segundo Concilio de Calcedonia lo condenó formalmente. En uno de sus cánones se lee: "El
obispo que obtenga su episcopado por dinero, lo perderá y será degradado". El Papa Eugenio III
(1145) imitó a Virgilio. San Bernardo, la estrella brillante de su tiempo, reprendió al Papa,
diciéndole:" ¿Podrás enseñarme en esta gran ciudad de Roma alguno que os hubiere recibido por
Papa sin haber primero recibido oro o plata por ello?.
Mis venerables hermanos: ¿será el Papa que establece un banco a las puertas del templo,
inspirado por el Espíritu Santo? ¿Tendrá derecho de enseñar a la Iglesia la infalibilidad? Conocéis
la historia de Formoso demasiado bien, para que yo pueda añadir nada. Esteban VI hizo exhumar
su cuerpo vestido co ropas Pontificales; hizo cortarle los dedos con que acostumbraba dar la
bendición y después lo hizo arrojar al Tiber, declarando que era un perjuro e ilegítimo.
Entonces el pueblo aprisionó a Esteban lo envenenó y lo agarrotaron. Más, ved cómo las cosas se
arreglaron. Romano, sucesor de Esteban, y tras él, Juan X, rehabilitaron la memoria de Formoso.
Quizá me diréis, esas son fábulas no historia. ¡Fábulas: Id, monseñores, a la librería del Vaticano y
leed a Platina, el historiador del Papado, y los anales del Baronio (897). Estos son hechos qué, por
honor de la Santa Sede, desearíamos ignorar; más cuando se trata de definir un dogma que podría
provocar un gran cisma en medio de nosotros, el amor que abrigamos hacia nuestra venerable
madre la Iglesia Católica, apostólica y Romana, ¿deberá imponernos el silencio? Prosigo, El erudito
cardenal Baronio, hablando de la corte Papal, dice: .....
Haced atención, mis venerables hermanos, a estas palabras. "¿Que parecía la Iglesia Romana en
aquellos tiempos? ¡Que infamia! Sólo las poderosísimas cortesanas gobernaban en Roma. Eran
ellas laas que daban, cambiaban y se tomaban obispos; y, ¡horrible! es relatarlo, hacían sus
amantes, los falsos Papas, subir al trono de San Pedro". (Baronio, 912). me contestaréis: esos
eran Papas falsos, no los verdaderos. Séalo así, más en este caso, si por cincuenta años. la Sede
de Roma se hallaba ocupada por anti-Papas, ¿cómo podréis reunir el hilo de la sucesión Papal?
¡Pues qué! ¿Ha podido la Iglesia existir, al menos por el término de un siglo y medio sin cabeza,
hallándose acéfala? ¡Notad bien! La mayor parte de esos anti-Papas se ven en el árbol
genealógico del Papado y, seguramente, deben ser éstos los que describe Baronio, por que aun
Genebrardo el gran adulador de los Papas, se atrevió a decir en sus crónicas (901)
"Este centenario a sido desgraciado, puesto que por cerca de ciento cincuenta años los Papas han
caido de las virtudes de sus predecesores y se han hecho apóstatas más bien que apóstoles". Bien
comprendo porqué el ilustre Baronio se avergonzaba al narrar los actos de obispos romanos.
Hablando de Juan XI (931), hijo natural del Papa Sergio y de Marozia, escribió estas palabras en
sus Anales: "La Santa Iglesia, es decir la Romana, ha sido vilmente atropellada por un monstruo,
Juan XII (956), Elegido Papa a la edad de 18 años, mediante las influencias de las cortesanas, no
fué en nada mejor que su predecesor".
Me desagrada, mis venerables hermanos, tener que mover tanta suciedad. Me callo tocante a
Alejandro VI padre y amante de Lucrecia; doy la espalda a Juan XXII (1219) que negó la
inmortalidad del alma y que fué depuesto por el Santo Concilio Ecuménico de Constanza.
Algunos alegarán que este Concilio sólo fue privado. Séalo así; pero si le negáis toda clase de
autoridad, deberéis deducir como consecuencia lógica, que el nombramiento de Martín V (1417)
éra ilegal. Entonces, ¿donde va a parar la sucesión Papal? ¿Podréis hallar su hilo? no hablo de los
cismas que han deshonrado a la Iglesia. En esos desgraciados tiempos la sede de Roma se halla
ocupada por dos y a veces hasta por tres competidores. ¿Quién de estos era el verdadero Papa?
Resumiendo una vez más, vuelvo a decir que, si decretáis la infalibilidad del actual obispo de
Roma, deberíais establecer la infalibilidad de todos los anteriores, sin excluir a ninguno. Más,
¿podréis hacer esto cuando la historia está allí probando con una claridad igual a la del sol mismo,
que los Papas han errado en sus enseñanzas? ¿Podréis hacerlo y sostener que Papas avaros,
incestuosos, homicidas, simóniacos, han sido Vicarios de Jesucristo? ¡Ay, venerables hermanos!,
mantener tal enormidad sería hacer traición a Cristo peor que Judas; sería hecharle suciedad a la
cara (Gritos: ¡Abajo del púlpito! ¡Cerrad! la boca del hereje)
Mis venerables hermanos, estáis gritando. ¿Pero no sería más digno pesar mis razones y mis
palabras en la balanza del santuario? Creedme, la historia no puede hacerse de nuevo; allí está y
permanecerá por toda la eternidad, protestando enérgicamente contra el dogma de la infalibilidad
Papal. Podéis declararla unánime, ¡pero faltaría un voto, y ese será el mío. Los verdaderos fieles,
monseñores, tienen los ojos sobre nosotros, esperando de nosotros algún remedio, para los
innumerables males que deshonran la Iglesia. ¿Desmentiréis sus esperanzas ¿Cual no será
nuestra responsabilidad ante Dios, si dejamos pasar esta solemne ocasión que Dios nos ha dado
para curar la verdadero fe?
Abracémosla, mis hermanos; amémonos con un ánimo santo; hagamos un supremo y generoso
esfuerzo. Volvamos a la doctrina de los apóstoles, puesto que fuera de ella, no hay más que
horrores, tinieblas y tradiciones falsas. Aprovechemos de nuestra razón e inteligencia, tomando a
los apóstoles y profetas por nuestros únicos maestros, en cuanto a la cuestión de las cuestiones:
"¿Que debo hacer para ser salvo? Cuando hayamos decidido esto habremos puesto el
fundamento de nuestro sistema dogmático, firme e inmóvil como la roca, constante e incorruptible
de las divinamente inspiradas Escrituras. Llenosde confianza, iremos ante el mundo y como el
apóstol San Pablo en presencia de los libres pensadores, no reconocermos a nadie "más que a
Jesucristo y éste Crucificado", Conquistaremos la predicación de la "locura de la Cruz", así como
San Pablo conquistó a los sabios de Grecia y Roma, y la Iglesia Romana tendrá su glorioso 89.
(Gritos clamorosos: ¡Bájate. ¡Fuera el Protestante, el Calvinista, el traidor a la Iglesia)
Vuestros gritos, monseñores, no me atemorizan. Si mis palabras son calurosas, mi cabeza está
serena Yo no soy de Lutero, ni de Calvino,, ni de Pablo, ni de apóstoles, pero si de Cristo.
(Renovados gritos: ¡Anatema! ¡Anatema al apóstata). ¡Anatema, monseñores, anatema! Bien
sabéis que no estáis protestando contra mí, sino contra los santos apóstoles, bajo cuya protección
desearía que este concilio colocase a la Iglesia! ¡Ah!, si cubiertos con sus mortajas saliesen de sus
tumbas, ¿hablarían de una manera diferente de la mía? ¿Que les diríais cuando con sus escritos
os dicen que el Papado se ha apartado del Evangelio del Hijo de Dios, que ellos predicaron y
confirmaron generosamente con su sangre? ¿Os atreveíais a decirles: "preferiamos las doctrinas
de nuestros Papas, nuestro Belarmino, nuestro Ignacio de Loyola a la vuestra?" No, mil veces no! a
no ser que hayáis tapado vuestros oidos para no oir, cubierto vuestros ojos para no ver, y
embotado vuestra mente para no atender.
¡Ah! Si el que reina arriba quiere castigarnos, haciendo caer pesadamente su mano sobre
nosotros, como hizo a Farahón, no necesita permitir a los soldados de Garibaldi que nos arrojen de
la ciudad eterna. Bastará con decir que hagáis a Pío IX un Dios, así como se ha hecho una diosa a
la bienaventurada Virgen.
¡Deteneos!, ¡deteneos! venerables hermanos, en el odiioso y ridículo precipicio en que os habéis
colocado. Salvad a la Iglesia del naufragio que la amenaza, buscando en las sagradas escrituras
solamente la regla de la fe que debemos creer y profesar. He dicho ¡Dígnese Dios asistirme!.
Autor: Joseph Georg Strossmayer.
Nació: Essegg en Croacia-Eslavonia, el 4 de febrero de 1815.
Ordenado sacerdote católico en 1838.
Doctor en Filosofía, graduado en Budapest en 1840.
Doctor en Teología, graduado en Viena en 1842.
Profesor de Ley Canónica en la Univ. de Viena.
18 de noviembre de 1849 nombrado obispo de Diakovar.
Alministrador papal de Belgrado
En 1898 el papa León XIII le confirió el palio.
Murió: 8 de abril de 1905.


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