Rowland Taylor
Inglaterra, año 1555 DC.
Dios me dará fortaleza.
Rowland, no vayas" eran las palabras de sus amigos. "Ya has cumplido con tu misión. Has
testificado de la verdad y has resistido al cura cuando trató de imponer su idolatría. Cristo dijo que
cuando nos persiguieran en una ciudad, nos fuéramos a otra. Guárdate para otro tiempo. La Iglesia
está en gran necesidad de maestros diligentes y pastores guiados por Dios".
El Dr. Taylor respondió: "Dios no abandonará a su Iglesia. Él levantará a otros para guiar y enseñar
a su pueblo".
"En lo que a mí respecta, ante Dios yo creo que nunca podré sevirle mejor que ahora. Tampoco
creo que vuelva a tener el glorioso llamamiento que tengo hoy. Hoy Dios me ofrece esta grande
misericordia. Así que ahora, les pido a ustedes y a todos mis amigos, que oren por mí. Yo sé que
Dios me dará fortaleza y su Espíritu Santo".
Para mediados de los 1500, la Biblia ya había sido traducida al inglés. El poblado de Hadley fue uno
de los primeros lugares en recibirla en toda Inglaterra. En Hadley, eran muchos los que la habían
leído de principio a fin y seguían la Palabra de Dios en su vida diaria.
Pero cuando murió el Rey Eduardo VI, la libertad de culto tomó un gigantesco paso atrás. El Dr.
Rowland Taylor, pastor de Hadley, valerosamente desafió a los que trataron de hacer que los
creyentes volvieran a las supersticiones y a la idolatría del oscurantismo. Por esta razón, fue llevado
delante del Obispo y de Lord Chancellor.
Le dijo a sus amigos: "Soy viejo, he vivido demasiado como para ver estos días perversos".
"Ustedes hagan lo que su conciencia les dicte. Yo estoy determinado con la Gracia de Dios, a
enfrentarme al Obispo. Sé bien que no me espera ni justicia ni verdad, sino la prisión y una muerte
cruel. Pero sé que mi causa es verdadera, justa y buena. Sé que la verdad está de mi lado".
Con estas palabras, voluntariamente fue a Londres, donde como había dicho, fue acusado de
hereje y enviado a prisión. Después de dos años, fue llevado de nuevo ante los Obispos y se le dio
la oportunidad de renunciar a su fe.
El Dr. Rowland Taylor respondió valerosamente: "No cambiaré la verdad que he predicado desde
los días del rey Eduardo. Le doy gracias a Dios por llamarme y tenerme por digno de sufrir por su
Palabra y su verdad".
Cuando los Obispos vieron su valor, su constancia y resolución, cuando vieron que no podían
apartarlo de la verdad, lo sentenciaron a muerte.
Inmediatamente fue enviado de regreso a su pueblo natal, Hadley, donde lo quemarían vivo. En el
camino de regreso, estaba tan alegre, que cualquiera que lo hubiera visto, habría pensado que iba
a una fiesta o a un banquete.
Su conversación con los custodios los hacía llorar, los exhortaba al arrepentimiento, a que dejaran
su vida perdida. Aquellos hombres se asombraban de verlo tan resuelto, gozoso, sin miedo, hasta
alegre porque iba a morir.
Cuando estaban a unos tres kilómetros del pueblo, se bajó de su caballo y danzó un momento,
expresando el gozo que sentía de estar cerca del lugar que lo vio nacer. Luego oró diciendo:
"Gracias Señor, gracias porque voy a ver de nuevo a mi rebaño. Aquellos a quienes he amado y les
he enseñado de todo corazón. Bendícelos y mantenlos firmes en tu Palabra y en tu verdad".
Tenía que pasar por el pueblo para llegar a donde lo iban a quemar. De cada lado de la calle
habían hombres y mujeres llorando, otros gritaban: "Señor, allá va nuestro buen pastor, el que nos
ha enseñado fielmente tu Palabra, quien nos ha cuidado tanto. Oh Señor misericordioso, y ahora,
¿qué vamos a hacer nosotros, las ovejas esparcidas? ¿Qué más nos va a venir de este mundo
perverso? Señor, dale fortaleza, dale consuelo".
Cuando llegaron al lugar en que sería quemado vivo, el Dr. Taylor dijo a todos los que se habían
reunido: "No les he enseñado otra cosa mas que la bendita Palabra de Dios. Las lecciones que les
daba, vienen de las páginas de la Santa Biblia. Hoy he venido aquí a firmar las lecciones con mi
sangre".
Cuando se arrodilló para orar, una mujer del pueblo se arrodilló a orar con él; pero los guardias la
empujaron y amenazaron con atropellarla con los caballos. A pesar de todo, la mujer se quedó
orando con él.
El Dr. Taylor se puso de pie, caminó hasta el poste donde lo iban a quemar, lo besó y se quedó con
las manos juntas en actitud de oración. Sus ojos miraban al cielo mientras continuaba orando.
Lo sujetaron con pesadas cadenas y varios hombres llevaron la leña para la hoguera. Uno de los
hombres lo golpeó en la cabeza con los leños haciendo que sangrara profusamente, su rostro
estaba bañado de sangre. Sin perder su compostura, le dijo: "Amigo, no te parece que ya tengo
suficiente sufrimiento, ¿Por qué necesitabas golpearme?"
Por último, encendieron el fuego. El Dr. Taylor alzó sus manos y clamó a Dios diciendo: "Padre
misericordioso, en el nombre de Jesús mi Salvador, recibe mi alma en tus manos".
Se quedó inmóvil en medio de las llamas, sin exclamar nada, con sus manos juntas alzadas al cielo.
Para ahorrarle más sufrimiento, un hombre del pueblo corrió hacia el fuego y le dió un golpe en la
cabeza con un hacha de guerra. El Dr. Rowland Taylor murió instantáneamente y su cuerpo cayó al
fuego.
El cristiano nunca lucha solo. El Espíritu de Dios está siempre con él o ella para confortarle y darle
esperanza.


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