Policarpo

Esmirna (ahora Izmar, Turquía), año 166 d.C.

Era un hombre amable y de edad avanzada, entró a la arena del circo romano, custodiado por
muchos soldados fuertemente armados. Los graderíos estaban repletos con una muchedumbre
sedienta de sangre y se respiraba un grotesco olor a muerte. El barullo de aquella multitud, sus
gritos y sus imprecaciones llenaban el aire, ciertamente ese no era el lugar para un hombre que
había dedicado su vida a servir a los demás.
De pronto, una voz del cielo le habló al anciano y le dijo: “Se fuerte Policarpo, compórtate
varonilmente”. A pesar del ruido, muchos alcanzaron a oir algo en el cielo, unos pensaban que
había sido un trueno, otros se asustaron al no saber de dónde había venido aquella voz.
Una vez dentro de la arena, los soldados trajeron rápidamente a Policarpo delante del procónsul
romano. Policarpo siendo el pastor de la iglesia de Esmirna era muy conocido. Este hombre era el
último eslabón con los doce apóstoles, pues había sido discípulo del apóstol Juan. Tan pronto como
la multitud se dio cuenta de quien era el que habían traído a la arena, se armó un gran alboroto.
El procónsul trató de que Policarpo negara a Jesús, y le decía: “Tóma el juramento del César,
maldice a Cristo y te dejo libre”.
Policarpo se mantuvo firme y dijo: “Ochenta y seis años le he servido a Jesús, Él nunca me hizo
nada malo, ¿Cómo puedo blasfemar en contra de mi Rey, contra el que me ha salvado?
El procónsul lo amenazó y le dijo: “Tengo a las bestias salvajes listas, si no haces lo que digo te
lanzo a las fieras”.
Policarpo respondió: “Que vengan las fieras, mi propósito y mi conciencia no pueden cambiar”.
El procónsul le dijo: “Si las fieras no te dan miedo, entonces, te quemaré vivo”.
Policarpo respondió: “Me amenazas con un fuego que durará una hora y pronto se apagará, pero
ignoras el fuego del juicio venidero de Dios, en el que serán atormentados eternamente los impíos.
¿Por qué te tardas? Trae a las bestias, o trae el fuego, lo que tú escojas; no vas a lograr que
niegue a Cristo, mi Señor y Salvador”.
Cuando el procónsul vio que no iba a lograr que Policarpo renegara su fe en Jesús, mandó que un
heraldo proclamara en medio de la arena: “Policarpo ha confesado ser cristiano”.
Al escuchar eso, la multitud integrada por gentiles y judíos pidió a gritos que Policarpo fuera
quemado vivo. Inmediatamente trajeron leña seca y la apilaron en medio de la arena.
Cuando estaban por sujetarlo a un poste, Policarpo dijo: “Déjenme como estoy, el que me da
fortaleza para soportar el fuego, me permitirá permanecer quieto en la hoguera”. Los verdugos
estuvieron de acuerdo con eso y solamente le ataron las manos a la espalda con una cuerda.
En su oración final, dijo: “Padre, gracias por haberme llamado para esta hora y este lugar, gracias
por tenerme por digno de recibir un lugar entre el número de tus santos mártires. Amén”.
En el momento que terminaba de decir la palabra “Amén”, los soldados encendieron el fuego. Las
llamas se levantaron muy por encima de su cuerpo, pero milagrosamente no fue quemado. Aquellos
que estuvieron presentes y vieron lo que pasó vieron que Policarpo estaba en medio del fuego, no
como carne que se quema, sino como oro o plata que es refinada en un horno. El olor que
emanaba era como de incienso.
Al darse cuenta que el fuego no había dañado a Policarpo, uno de los verdugos lo mató con un
golpe de espada.
Bienvenido al portal del Nuevo Testamento
The Word - La Palabra ©
Welcome to the Spanish New Testament
The Word - La Palabra ©
Héroes
cristianos