Martín Lutero
Nació en Eisleben, Sajonia el 10 de noviembre de 1483 en el seno de una fa- milia campesina. Su
padre Hans Lutero trabajaba en las minas de cobre de Mansfeld. Asistió a la universidad de
Magdenburg, luego a la universidad de Erfurt, donde obtuvo su licenciatura en 1502 y su primer
doctorado en 1505. Su padre deseaba que estudiara derecho, por lo que intentó seguir esa carrera
por un año, pero terminó abandonando la universidad. Decepcionado, vendió sus libros e ingresó a
un monasterio agustino de Erfurt.
En 1507 fue ordenado sacerdote de la iglesia católica. Durante ese tiempo, un fraile agustino le
abrió los ojos respecto a la remisión de pecados. Comenzó a estudiar diligentemente las escrituras
y pronto llegó a darse cuenta que Dios justifica al hombre en forma gratuita, que el único requisito
es la fe . Martín continuó con sus investigaciones en el convento de Erfurt por espacio de cuatro
años.
En 1508, su amigo Johann von Staupitz, que era el vicario general de los agustinos, y que seis años
antes había ayudado a fundar la universidad de Wittemberg, lo designó como catedrático de
Filosofía. Mientras impartía clases también estudiaba y en 1509 obtuvo una licenciatura en teología.
Volvió a Erfurt como catedrático universitario y a continuar sus estudios. En 1510 visitó varios
monasterios de Roma, donde halló un clero totalmente permeado por la mundanalidad. Se
encaminó nuevamente a Erfurt y a Wittemberg, donde a la edad de 29 años obtuvo su segundo
doctorado, esta vez en Teología en 1512.
Lutero vivía de forma consecuente con sus convicciones y con su prédica. Era como un poderoso
imán que atraía a quienes lo oían hablar. El duque elector Federico II llamado el Sabio, duque de
Sajonia, se constituyó en su benefactor desde el momento que lo oyó predicar.
En su estudio sobre la epístola a los romanos y el libro de los Salmos encontró la diferencia entre la
Ley y el Evangelio. Inspirado por sus hallazgos, confrontó las enseñanzas legalistas tan comunes
en los seminarios, así como los sermones que presentaban la posibilidad de remisión de pecados
por medio de buenas obras.
Al igual que Juan el Bautista, cuando señaló a Jesús y dijo: “He aquí el cordero que quita el pecado
del mundo”, Lutero hizo cuanto pudo por reenfocar la mente y el corazón de los hombres en
Jesucristo. En sus enseñanzas mostró de forma clara y escritural que los pecados del hombre ya
fueron perdonados por el sacrificio de Jesús.
Lutero nunca se apartó de la verdad que predicaba, sus palabras eran claras, a la vez que
vehementes. El tema central de sus sermones era el perdón de los pecados. Enseñaba que la fe y
el bienestar sólo pueden hallarse al pie de la cruz de Cristo. El mensaje de la salvación por fe, que
por cientos de años había sido oscurecido, ahora venía nuevamente a la luz con las claras
exposiciones de Lutero.
Por el año 1516 las obras de Desiderio Erasmo inspiraron a muchos a estudiar griego y hebreo.
Lutero fue uno de aquellos que decidieron estudiar las lenguas originales de la Biblia con el fin de
poder estudiar la palabra de Dios desde la fuente original.
En 1513, el papa Julio II fue sucedido por León X que a los trece años había sido nombrado
cardenal y Papa a los treinta y siete. León X fue uno de los papas más extravagantes de Roma.
El 18 de abril de 1506, se puso la primera piedra de lo que hoy es la basílica de San Pedro en
Roma. Para poder llevar a cabo la gigantezca construcción y ante la posibilidad de una guerra con
Turquía, así como para financiar las costosas extravagancias de su corte; el papa León X envió
emisarios por todos los dominios cristianos ofreciendo perdón de pecados a cambio de dinero
(venta de Indulgencias). Esa estatagema le permitió reunir cuantiosas sumas de dinero. Los
enviados papales convencieron a la gente del pueblo que si pagaban la cantidad de diez shillings
(cada shilling equivalía en ese tiempo a 1/20 de Libra Esterlina) podían sacar del purgatorio el alma
de la persona que ellos desearan.
La mercancía del papa llegó también a Alemania por medio de un fraile dominico de origen alemán,
llamado Johann Tetzel. Para 1517, Tetzel ya había amasado una enorme fortuna en indulgencias
papales.
Las indulgencias eran una farza, no tenían ninguna base bíblica y contradecían el mensaje del
Evangelio. Para colmo, el fraile Tetzel actuaba en forma totalmente desvergonzada, apoyando la
venta de los perdones o indulgencias con sermones truculentos orientados más al lucro que al
bienestar de los oyentes.
Lutero pensaba: “Estos abusos deben terminar, no es posible que sigan engañando de a la
población”. El 31 de octubre de 1517 publicó sus “95 Tesis” respecto a la venta de indulgencias y
las colocó en la puerta del templo de Wittenberg.
El fraile Tetzel, al verse confrontado reunió a otros monjes y comenzó a escribir en contra de
Lutero. Lo acusó de hereje y pedía que lo quemaran. En un arranque de furia, Tetzel quemó las 95
tesis y un sermón que Lutero había escrito en contra de las indulgencias. Los ataques de Tetzel
sólo lograron hacer que Lutero mantuviera su denuncia y tratara el asunto de las ingulgencias con
más ahínco. Así comenzó el choque entre Lutero y la iglesia católica y lo que hoy conocemos como
el movimiento de la reforma o protestantismo.
El papa León X movió todas las influencias a su alcance para que el emperador Maximiliano I y el
rey Carlos V de España presionaran al duque Federico, a fin de impedir que Lutero siguiera
predicando en contra de las indulgencias o perdones papales.
El duque Federico nunca apoyó expresamente a Martín, tampoco lo condenó, ni estaba dispuesto a
encarcelarlo sin una razón justificada. Ante las reiteradas acusaciones del papa y sus emisarios, el
duque se tomó el tiempo para examinar los escritos de Lutero. Buscaba corroborar la veracidad de
sus argumentos y las escrituras en que se apoyaba. finalmente llegó a la conclusión que aquel
hombre actuaba de buena fe y estaba siguiendo la voluntad de Dios.
Cuando aumentó la presión para encarcelar a Lutero, el duque Federico se avocó a conocidos
teólogos de su tiempo, entre ellos Desiderio Erasmo von Rotterdam (Erasmo de Rotterdam) quien le
dijo que Lutero había cometido dos graves errores: Primero “tocar la barriga de los frailes” y
segundo “tocar la corona del papa”. Luego, Erasmo abrió su corazón ante el duque y le dijo que
Lutero había hecho bien en apuntar los errores de la iglesia católica y especialmente del papa, que
la reforma era necesaria y que en efecto la doctrina de Lutero era correcta.
Al año siguiente, Erasmo le escribió al Arsobispo de Mentz respecto a Lutero; entre otras cosas le
dijo:
“El mundo está cargado con imposiciones
de hombres, especialmente con la tiranía
de los frailes. Antes era herejía ponerse
en contra de los evangelios, ahora, si alguien
no está de acuerdo con Tomás de Aquino es
considerado hereje. Todo el que se opone a
los frailes, todo aquel que pierde su favor,
todo aquello que los frailes no logran
entender, es considerado herejía, saber
griego o hablar mejor que ellos es herejía”.
Los comentarios de Erasmo aunque reflejaban una triste realidad no fueron bien recibidos en
Mentz, ni en los círculos de poder de la iglesia católica.
A la luz de las enseñanzas de Lutero y Erasmo muchos cristianos de todos los niveles comenzaron
a dejar de lado las prácticas idólatras y a repudiar las indulgencias.
Lutero recrudeció sus ataques contra los obispos de Roma quienes se arrogaban el derecho
exclusivo de predicar el evangelio, administrar justicia en asuntos civiles y gobernar sobre los reinos
e imperios terrenales. En sus sermones, Lutero instaba a todos los líderes de la iglesia citando las
palabras de Jesús: “a Dios lo que es de Dios y al César lo del César”.
El fraile Tetzel y sus seguidores continuaron atacándolo, pero no lograron acallar su voz que cada
vez era más oída. Silvestre de Priero, un fraile dominico, trató de desprestigiar a Lutero por medio
de varios escritos. Lutero le respondió con disertaciones de sólida base bíblica, por lo que de Priero
desistió al poco tiempo.
El siete de agosto Jerome, obispo de Ascoli, citó a Martín Lutero a comparecer a Roma. Por aquel
tiempo el cardenal Tomás Cayetano que fungía como delegado papal, había sido enviado a la
ciudad de Augsburgo. La Universidad de Wittenberg, enterada del citatorio, envió profusa
correspondencia abogando por Lutero. También le enviaron una carta a Carolus Miltitius que era el
chambelán del papa. Miltitius era de origen alemán y le solicitaban que Lutero fuera juzgado en
Augsburgo.
A pedido del duque Federico, el cardenal Cayetano le escribió al papa abogando para que Lutero
fuera juzgado en Augsburgo. Cayetano recibió una carta del papa que entre otras cosas decía: “...
por medio de Jerome, obispo de Ascoli, he citado a Lutero para que comparezca personalmente
ante mí en Roma, pero Lutero abusando de la gentileza que se le ha ofrecido, no solamente rehusó
venir, sino se hizo más terco, continuando e incrementando su herejía según lo hemos podido
determinar por sus últimos escritos...”
El papa giró instrucciones para que Lutero compareciera en la ciudad de Augsburgo y solicitó la
ayuda de los principes y del emperador para forzarlo a comparecer. El plan era que cuando Lutero
se presentara debía ser apresado y llevado a Roma. Si acaso renunciaba a sus creencias y
enseñanzas, fuera puesto en libertad y le serían restaurados los privilegios y derechos que gozaba
en la iglesia católica. De lo contrario, sería apresado él, sus seguidores y todos aquellos que lo
ayudaran, sin importar su condición social o si eran duques, marqueses o barones.
Contra todos los seguidores de Lutero, el papa pronunciaba condena y maldición (solo excluía al
emperador). La iglesia católica tomaría posesión de todas las propiedades de quienes simpatizaran
o ayudaran a Lutero. Por otra parte, a quienes obedecieran al papa, les prometía total perdón de
todos sus pecados. Al mismo tiempo, el papa dirigió varias cartas al duque Federico en las que se
quejaba de Lutero.
El Cardenal Carolus Miltitius obedeciendo las ordenes del papa, mandó a llamar a Lutero para que
se presentara a la ciudad de Augsburgo. En los primeros días de octubre, Martín Lutero,
obedeciendo a la iglesia de Roma y a pedido del duque Federico llegó a Augsburgo, portando
cartas de recomendación del duque.
Debido a lo peligroso de la situación, los amigos de Lutero le aconsejaron que antes de
presentarse al cardenal Miltitius le pidiera un salvoconducto al emperador Maximiliano I. El
emperador le concedió el salvoconducto, acto seguido Lutero se presentó ante Carolus Mititius.
Miltitius lo recibió muy amablemente y de acuerdo a las intrucciones del papa le pidió lo siguiente:
1 Que renunciara a sus “errores”.
2 Que prometiera abstenerse de ellos de ese día en adelante.
3 Que se abstuviera de realizar cualquier acción que pudiera causar problemas a la iglesia católica.
Luego de escuchar al cardenal Miltitius, Lutero pidió basándose en la Biblia le mostrara en qué
consistían sus errores. Miltitius le dijo: “Usted ha enseñado que las indulgencias no son parte de las
enseñanzas y prácticas de Cristo”. También lo acusó de haber enseñado que el perdón de pecados
se recibe sólo por medio de la fe en Jesús. Lutero respondió: “Es mi convicción que se debe
escuchar la voz del papa siempre y cuando sus palabras se fundamenten en la Biblia. El papa,
como todo hombre, está propenso a fallar y debe sujetarse a reprensión y corrección como todos
los demás hombres y mujeres”.
El cardenal Miltitius apartó la Biblia que tenía frente a él y comenzó a acusar airadamente a Lutero y
terminó ordenando que Lutero fuera removido de su presencia. Después de seis días de esperar
que la audiencia continuara, Lutero tomó el consejo de sus amigos y regresó a Wittenberg, dejando
una apelación dirigida al papa León X.
El cardenal Cayetano le escribió una áspera carta al duque Federico, exhortándolo a ser más
cuidadoso y a pensar en su propia seguridad. Le dijo que no se arriesgara a ser deshonrado, que
en vez de favorecer a Lutero debía buscar el favor del papa. También le pedía que arrestara a
Lutero y lo enviara a Roma o que lo echara de sus dominios.
El duque Federico respondió a la carta del cardenal Cayetano diciendo: “El sacerdote Martín Lutero
sigue su propia conciencia. Hasta ahora ha basado su posición en la Palabra de Dios, nadie que
actúe como él puede ser condenado. Además, los delegados del papa no han sido capaces de
probar el supuesto error de Lutero. A menos que la iglesia demuestre que Lutero es culpable, no
voy a violar mi propia conciencia apresando a un inocente. Le pido a su excelencia el cardenal
Cayetano que le informe a Roma y al papa que en mis dominios jamás se oprimirá la inocencia y la
verdad”.
Acto seguido, el duque envió la carta del cardenal Cayetano a Lutero, quien después de leerla le
respondió al príncipe: “No estoy tan preocupado por mí, como lo estoy por su seguridad. Viendo
que no hay lugar en el que pueda hallar resguardo contra la maldad de mis adversarios, estoy
dispuesto a irme de mi tierra, a donde el Señor Jesús me lleve”.
La situación era muy delicada, Martín Lutero estaba en un grave peligro y su amigo el duque
Federico no hallaba la forma de asistirlo. Pero donde el poder de los hombres falló, se hizo
manifiesto el poder de Dios. De pronto, como por un milagro, toda la Universidad de Wittenberg se
levantó en favor de Lutero y le pidió al duque Federico que por su honor, no permitiera que le
hicieran daño a quien con inocencia y sencillez de corazón presentaba la verdad de las Sagradas
Escrituras.
En diciembre de 1518 el duque comenzó a revisar la causa de Lutero con más detenimiento,
leyendo cuidadosamente sus libros y sermones. Pronto se dio cuenta que la lucha de Lutero era
más trascendental de lo que pensaba.
Para entonces el papa León X había enviado más indulgencias para ser vendidas a la población.
Con las indulgencias envió un nuevo edicto en el que declaraba que la doctrina de la iglesia de
Roma “Princesa de todas la iglesias” y los obispos de Roma “Sucesores de Pedro” y “Vicarios de
Cristo” tenían el poder de conceder indulgencias tanto a los vivos como a los muertos que
estuvieran sufriendo en el purgatorio (hoy los cristianos sabemos que el “purgatorio” ni existe ni es
escritural). Ordenaba también que quienes no recibieran esta doctrina fueran sujetos a gran
maldición y a la excomunión.
Cuando el papa se dió cuenta que sus indulgencias no serían avaladas por Lutero y que tampoco
podría apresarlo y traerlo a Roma, envió a su chambelán Carolos Miltitius a Sajonia, para
entrevistarse con el duque Federico.
Miltitius llevaba una rosa dorada, ceremonia que se repetía cada año, en señal de buenas
relaciones entre el papado y quien fuera a recibir la rosa dorada. Con la rosa, Miltitius llevaba
varias cartas dirigidas a los miembros del consejo del duque. En esas cartas secretas, el papa
abogaba por su causa, pidiendo a los nobles que mediaran ante el duque con el propósito de
alejarlo de Lutero.
Antes que Militius llegara a Alemania, en enero de 1519, el emperador Maximiliano I murió. En ese
momento, habían dos posibles sucesores al trono: Francisco I el rey de Francia y Carlos V rey de
España que también era duque de Austria y duque de Burgundia. La sucesión también le fue
ofrecida al duque Federico pero no la aceptó. Carlos V rey de España que para entonces tenía 19
años de edad y era nieto de Maximiliano I resultó electo como nuevo emperador.
En el mes de junio se llevó a cabo una audiencia pública en Leipzig (en ese tiempo la ciudad de
Leipzig estaba bajo el dominio de George duque de Sajonia). El duque George era tío del duque
Federico). La audiencia comenzó con la exposición del fraile John Eckius que acusaba de hereje a
Lutero. En defensa de Lutero se presentó Andreas Carolostadt un eminente doctor y catedrático de
la universidad de Wittenberg. El fraile Eckius defendió las indulgencias o perdones papales y
condenó a Lutero. Carolostadt por su parte presentó una brillante defensa de Lutero y su causa.
Eckius elaboró una voluminosa apología que fue a su vez refutada por Carolostadt.
El duque George concedió salvoconducto a todo aquel que quisiera estar presente en el debate.
Uno de los que asistió fue Lutero, no con el fin de agregarse a la disputa, sino solamente para
enterarse de lo que estaba sucediendo. La audiencia pública se extendió por cinco días.
El fraile Eckius insistía en que la iglesia necesitaba al papa, pues no podía sobrevivir sin cabeza.
Martín Lutero finalmente intervino e hizo ver que de acuerdo a las escrituras la cabeza de la iglesia
es Cristo Jesús. Dijo que aparte de Cristo, la iglesia no necesitaba tener una cabeza terrenal ya que
es la manifestación de un reino espiritual.
Eckius citó el evangelio de Mateo en el que Jesús le dice a Pedro: “...tu eres Pedro, y sobre esta
roca edificaré mi iglesia”. Lutero le explicó: “La roca a la que el Señor Jesús se refiere es el
conocimiento de que Él es el ungido de Dios”.
Continuando con el debate llegaron al evangelio de Juan en el que Jesús le dice a Pedro: “alimenta
a mis ovejas”. Eckius insistía en que esas palabras eran solamente para Pedro. Lutero le recordó
que después de decir “alimenta a mis ovejas” Jesús le dio la misma autoridad a todos los apóstoles.
Seguidamente, Eckius se refirió a la autoridad del Concilio de Constanza, citando entre otros el
artículo que decía: “Es necesario para la salvación del hombre, creer que el papa es la cabeza
suprema de la iglesia”. También le recordó a todos los presentes que en ese mismo concilio se
llegó al acuerdo que “el Concilio no podía errar”. Con mucha discreción, Lutero dijo: “Dejo a cada
oyente la decisión de juzgar la autoridad que se le deba atribuir a ese concilio. No está por demás
recordarles que ningún concilio tiene la autoridad moral o espiritual para establecer nuevos
articulos de fe...”
Al año siguiente, en 1520, los frailes y doctores de Lovaina y Colonia condenaron los escritos de
Lutero como heréticos. Pocos días después llegó procedente de Roma una nueva carta en la que el
Papa León X atacaba a Lutero.
Para ese tiempo, la iglesia católica sostenía un elaborado sistema de enseñanzas totalmente
erróneas que le ayudaban a mantener un dominio total sobre la población. Tres de esas
enseñanzas eran:
1 Ningún magistrado terrenal tiene poder sobre los líderes espirituales (de la iglesia católica).
2 Cuando exista controversia respecto a la interpretación de las Sagradas Escrituras sólo el papa
puede dar la interpretación correcta.
3 Ningún concilio podrá levantarse en contra del papa, pues solamente él puede convocar concilios.
Lutero escribió un libro impugnando esos errores. Como era de esperarse, las autoridades
católicas reaccionaron de forma violenta contra el nuevo libro y contra Lutero.
Aparte de esos temas, Lutero criticaba el escándalo que constituía la venta de indulgencias. Expuso
además, que los emperadores y los gobernantes no se encuentran bajo el poder de ningún papa.
Dijo que de acuerdo a la Biblia, es totalmente lícito que los curas tuvieran esposa e hijos. Que se
debía permitir que el pueblo comiera la carne que quisiera y que los votos de pobreza y mendicidad
debían ser abolidos. En el mismo libro, Lutero recordaba la desventuras que sufrió el emperador
Sigismundo (Sigismundo Pandolfo Malatesta 1417-1468), por quebrantar su palabra y entregar a
John Huss para que fuera quemado vivo por orden de la iglesia católica.
Por último, Lutero proponía en su libro que la herejía no podía ser combatida por medio de la
hoguera, sino con evidencia bíblica.
En octubre, después de la coronación de Carlos V, el Papa León X envió dos cardenales al duque
Federico I pidiendo que hiciera quemar todos los libros de Lutero y que lo mandara a matar, o que
lo apresara y lo mandara a Roma. Las dos peticiones le parecieron muy extranas al duque y
respondió que no sabía donde pudiera estar Lutero y que en el pasado lo había enviado ante el
cardenal Cayetano a Augsburgo. Que había sido el propio chambelán del Papa, el Cardenal
Miltitius, quien propuso que Lutero no fuera enviado a Roma por temor de que su fama se hiciera
más grande si salía de Alemania. El duque le dijo que la causa de Lutero debía ser juzgada ante el
emperador y que si basados en la Biblia se probaban los errores de que era acusado, que se
quemaran sus libros y que fuera declarado hereje.
Los cardenales partidarios del papa tomaron los libros de Lutero y públicamente los quemaron. En
respuesta a lo anterior, el 10 de diciembre de 1520, Lutero llamó a una gran multitud de estudiantes
y hombres ilustres de Wittenberg y ante todos tomó los decretos y las útimas acusaciones del papa
y los quemó.
Mientras recrudecían las confrontaciones entre el papa y Martín Lutero, por petición del duque
Federico, el emperador convocó a una asamblea en la que estuvieran representados todos los
nobles del imperio y que sería llevada a cabo en la ciudad de Worms el 6 de enero próximo. En esa
asamblea sería juzgada la causa de Lutero. El emperador le envió a Lutero un salvoconducto para
que pudiera movilizarse hasta Worms y de vuelta a su casa.
Martín Lutero se presentó ante el emperador y todos los principes manteniendo su apego a la
verdad y sus convicciones. Durante su estancia en la ciudad de Worms Lutero fue bien atendido y
constantemente visitado por caballeros, barones, sacerdotes y otros miembros de la corte y la
realeza. Era común que tanto sus seguidores como sus oponentes permanecieran con él hasta
altas horas de la noche.
Lutero trató con igual respeto a amigos y adversarios. Sus amigos temiendo por su seguridad, le
aconsejaban que saliera de Worms. Llegado el día de la audiencia, el emperador lo mandó a llamar
por medio del General Ulrick de Pappenheim y de Caspar Sturm que era el heraldo del emperador
(Sturm lo había escoltado desde Wittemberg hasta Worms). Al estar frente al emperador, ante los
electores, duques y demás miembros de la realeza, Lutero fue instruido a guardar silencio hasta
que se le permitiera hablar.
Súbitamente el fraile John Eckius gritó: “¡Martín Lutero! Su sagrada e invencible Majestad se ha
hecho presente junto con todos los príncipes del imperio para que seas juzgado ante su trono”. Por
lo tanto, debo demandar que expliques los siguientes puntos: Primero, ¿Confiesas que son tuyos
estos libros que tenemos apilados aquí y que se han difundido por todas partes? Y señaló a una
pila de libros de Lutero escritos en latín y alemán. Segundo, ¿Vas a renunciar a todo lo que has
escrito y enseñado? Lutero respondió: “Humildemente suplico a Su Majestad Imperial, me permita
explicar mi posición respecto a lo que se me pregunta, sin ser obligado a menoscabar la causa de
la Palabra de Dios o poner en peligro mi propia alma”.
Después que la corte deliberó, el fraile Eckius le dijo: “La Majestad del Emperador, por su mucha
clemencia, te concede que medites tus respuestas por un día. Así que mañana a esta hora y en
este preciso instante deberás comparecer nuevamente, para dar tu opinión, no por escrito sino
deberás hacerlo con tu propia voz”. Dicho lo anterior, Lutero fue escoltado por el heraldo del
emperador hasta el lugar donde se hospedaba.
Al día siguiente, a media mañana, Lutero fue escoltado nuevamente hasta la corte. Tuvo que
esperar hasta las seis de la tarde, pues los príncipes y dignatarios estaban haciendo consultas
sobre graves asuntos de estado. Finalmente cuando Lutero se presentó ante el emperador, Eckius
le dijo: “Responde ahora al emperador: ¿Vas a renunciar a tus libros y enseñanzas? ¿Vas a
someterte o no?.
Martín Lutero dijo en voz baja: “Considerando que Su Majestad y los demás dignatarios requieren
una respuesta llana, digo que la única forma en que puedo ser convencido de algún error, es con
las Sagradas Escrituras. No creo en el papa ni en sus Concilios Generales que de todos es sabido
han errado tanto, y muchas veces se contradicen. Mi conciencia está atada a la Palabra de Dios, no
puedo negar o revocar mis conviciones. No tengo nada más que decir. Que Dios tenga misericordia
de mí”.
Después de oír su respuesta, toda la corte comenzó a consultar y seguidamente, Eckius le dijo: “El
emperador requiere una respuesta afirmativa o negativa, ¿Niegas la validez de tus libros, si o no?
Lutero se volvió al emperador y los príncipes y les suplicó que no lo forzaran a ir contra su
conciencia. Les dijo que sus creencias, libros y enseñanzas estaban basados en la Biblia, y que sus
adversarios no habían podido demostrar que estuviera en algún error. Finalmente dijo: “Estoy atado
por las Sagradas Escrituras”.
El viernes siguiente, cuando la corte se reunió para escuchar el veredicto, fue leída una carta del
emperador Carlos V que decía: “Nuestros antepasados fueron realmente príncipes cristianos,
siempre obedientes a la iglesia de Roma, a la que hoy Martín Lutero impugna. Por lo tanto, ya que
Lutero no está dispuesto a renunciar a sus errores, no podemos degenerar el legado de nuestros
mayores, manchar nuestro honor, ni cometer la gran infamia de traicionar la fe que heredamos.
Debemos ayudar a la iglesia de Roma. Además hemos resuelto iniciar la persecución de Martín
Lutero y sus seguidores, excomunicarlos y aplicarles las sanciones que se designen hasta extinguir
su doctrina. Sin embargo, no violaremos nuestra promesa y permitiremos que Lutero retorne seguro
hasta el lugar de donde vino”.
El fraile John Eckius le dijo a Lutero: “Ya que no has renunciado a tu fe, el emperador, como
representante de la fe católica debía proceder contra ti. Además, en tu retorno a Wittemberg tienes
prohibido dar conferencias o predicar tu fe”.
Lutero lo escuchó y respondió: “Bendito sea el Señor. Agradezco al emperador y a los nobles por la
audiencia que me han concedido y por haberme otorgado un salvoconducto para venir a Worms y
para volver a mi casa en Wittemberg. Debo decirles que estoy dispuesto a sufrir lo que el
emperador considere conveniente. Lo único que deseo es poder predicar la Palabra de Dios hasta
el último momento de mi vida. Ciertamente busco una reforma dentro de la iglesia, pero una reforma
apegada a la Biblia”.
Durante el tiempo de su estancia en Worms, distintos príncipes, barones, caballeros, sacerdotes,
monjes y miembros laicos lo visitaron para expresarle su apoyo. Por otro lado, los delegados y
embajadores de Roma trataban de lograr que el emperador revocara su salvoconducto.
La mañana del 26 de abril Lutero salió de Worms hacia Wittemberg. Pocos días después, el
emperador Carlos V, con el deseo de ganar el favor del Papa León X, emitió un edicto por medio
del cual ordenaba que se apresara a Lutero y que se quemaran todos sus libros. Al ver el peligro
en el que se encontraba Lutero, el duque Federico lo escondió por un tiempo en el castillo de
Wartburg. Ese tiempo lo aprovechó Lutero para escribir varias cartas y libros. Uno de esos libros
titulado "De abroganda Missa", lo dedicó a la orden de los frailes agustinos a la que pertenecía.
Animados por los escritos de Lutero, los frailes agustinos dejaron de realizar las misas privadas. El
duque Federico, alarmado por la supresión de las misas, consultó con la universidad de
Wittemberg. La universidad le respondió en una amplia misiva diciendo: “Es nuestra opinión que las
misas debían ser abrogadas en todos sus dominios”.
En el año 1525 Martín Lutero contrajo matrimonio con Catalina de Bora, una exmonja que colaboró
con él durante el resto de su vida.
El rey Enrique VIII de Inglaterra, con el propósito de ganar el favor del papa, escribió un libro en el
que condenaba a Martín Lutero. En su libro, Enrique VIII atacaba la posición de Lutero respecto a la
venta de indulgencias y defendía la supuesta supremacía del papa. Roma recompensó a Enrique
VIII otorgándole a él y a sus sucesores, por siempre, el título de “Defensores de la fe”.
El 1o. de diciembre de 1526 a la edad de cuarenta y siete años, el Papa León X murió
aparentemente de fiebre, aunque algunos suponen que murió envenenado.
Adriano VI sucedió a León X en el papado. Adriano VI había sido tutor del rey Carlos V. Era un
hombre muy culto, cuya educación rebasaba por mucho la de casi todos los papas. Trató de
corregir la laxitud que caracterizó el reinado de su predecesor y al igual que León X fue un mortal
enemigo de Martín Lutero y sus seguidores.
Mientras Lutero estuvo escondido en el castillo de Wartburg, bajo la protección del duque Federico
y otros nobles de Sajonia, en Wittenberg, Andreas Carolostadt siguió una línea extremista e incitó a
la población a derribar las imágenes de los templos. Lutero reprobó los excesos de Carolostadt,
diciendo: “En vez de destruir cuadros e imágenes, debemos enseñarle a la población que debe
sacar de su corazón la idolatría. Una vez que los cristianos comprendan la ineficacia de las
imágenes, abandonarán voluntariamente la idolatría”. No es que Lutero aprobara la adoración de
ídolos, pero tampoco aprobaba que los templos fueran vandalizados.
Lutero siempre acarició la idea de que los judíos un día abrazarían el cristianismo. Pensaba que
cuando la iglesia católica fuera reformada se terminarían los obstáculos que los mantenían
alejados. A pesar de la Reforma y de todos sus esfuerzos, los judíos nunca dejaron el judaísmo.
Esto hizo que Lutero en sus últimos años se tornara contra ellos y escribiera un violento discurso
que animó a muchos a perseguirlos.
El 18 de febrero de 1546, en la ciudad de Eisleben, Martín Lutero pronunció sus últimas palabras:
“Mi Padre celestial, Dios eterno y misericordioso, me has manifestado a tu Hijo amado, a nuestro
Señor Jesucristo. Yo lo he conocido y lo he proclamado. Lo he amado como a mi propia vida, a mi
salud y a mi redención. LLévate mi alma hasta donde tú estás. En tus manos encomiendo mi
espíritu. Tú me has redimido, oh Dios de verdad. Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha
dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que crea en Él tenga vida eterna”. Después de
repetir esta oración varias veces cerró los ojos y dejó este mundo para hacerse presente ante
Jesús, su Señor y Salvador.


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