Julián Hernández
España, año 1560 d.C.
Era un hombre de apariencia extraña, bajito de estatura y jorobado, era tan delgado que su piel
apenas alcanzaba a cubrir sus huesos. Julián Hernández nació en Castilla, viajó por toda Europa
trabajando en las imprentas de Alemania y de los Países Bajos en donde aprendió el oficio de
cajista.
Muchos historiadores comparten el criterio que Julián participó en la impresión de los libros de
Lutero y otros reformadores.
Para "Julianillo" como lo conocían en los círculos cristianos, una de sus principales preocupaciones
era la falta de Biblias y libros cristianos en español. Salió de España y se fue para Alemania, luego
a Suiza para colaborar en la impresión de la tan ansiada Biblia en español. En Ginebra, mientras
colaboraba con el Dr. Juan Pérez en la impresión del Nuevo Testamento y otros materiales
cristianos, Julianillo concibió un atrevido plan para introducir a España el Nuevo Testamento de
Pérez. Era una empresa muy arriesgada, los Nuevos Testamentos tenían que introducirse de
contrabando y posteriormente distribuirlos por todo el país.
Julián puso manos a la obra e hizo los preparativos para el viaje. Llenó varios toneles de Nuevos
Testamentos y se encaminó con rumbo a la península Ibérica.
Sus amigos fueron a darle una conmovedora despedida y a asegurarle que sus oraciones siempre
lo acompañarían. Mientras lo veían partir decían unos a otros: "La inquisición española es
terriblemente cruel. Si atrapan a Julianillo lo torturarán hasta matarlo. Sólo Dios sabe si lo veremos
otra vez". En aquel tiempo cualquiera que tradujera, imprimiera o distribuyera la Biblia en español
era quemado vivo. Julián sabía que el riesgo era enorme, pero continuó con su propósito.
En Sevilla Julianillo conocía a un librero que apoyaba en secreto el evangelio; le dejó algunos
Nuevos Testamentos en español para que los distribuyera y continuó su viaje repartiendo por toda
España su carga de Buenas Nuevas.
Al tiempo que vendía telas, Julianillo lograba que sus amados libros llegaran a miles de hogares y
corazones.
El atrevido mensajero recorrió toda España con sus mulas cargadas de Nuevos Testamentos
escondidos entre los rollos de tela. A pesar de su complexión endeble, Julianillo era incansable, al
terminar su primera remesa, trajo otro embarque y otro más.
A lomo de mula, por las montañas de los Pirineos, por valles y cordilleras, bajo el sol o la lluvia,
distribuyó embarque tras embarque. Era su deleite llevar las Buenas Nuevas de Salvación a los
cristianos que perseguidos y amenazados se hallaban desparramados por los cuatro vientos de
España.
Al poco tiempo, la iglesia Católica se dio cuenta que los libros con las doctrinas de los reformadores
y lo que es peor los Nuevos Testamentos traducidos al español estaban por toda España.
Nadie se podía explicar en qué forma habían llegado al país tantos libros. No podían imaginarse que
se debía a la incansable labor de un insignificante vendedor de telas, debilucho y jorobado que
andaba gritando de pueblo en pueblo: "Ricas telas de Cambray, hay".
Un escritor católico, el sacerdote de la Roa, en su libro "Historia de la Compañía de Jesús en
Sevilla" describe la labor de Julianillo de la siguiente forma:
"Con increíble habilidad encontraba él secretas entradas y salidas, y el veneno de la nueva herejía
se divulgó con gran velocidad por toda Castilla y Andalu-cía... A donde ponía su pie comenzaba el
incendio... Él mismo enseñó a hombres y mujeres en las malas doctrinas de los reformadores,
logrando su fin con demasiado acierto: especialmente en Sevilla donde formó, gracias a esto, un
verdadero nido de herejes". Mayor elogio para la obra de Julianillo es difícil imaginar.
Perseverando cada día en su misión de hacer llegar los Nuevos Testamentos en español hasta los
lugares más remotos de España. Julianillo aprovechaba cada momento para predicar y compartir su
fe. Predicaba el nombre de Jesús y la salvación por medio de la fe. Julianillo decía: "Todos los que
se crucen en mi camino, oirán mi testimonio".
Ese fervor fue el que por fin le costó la vida. Un día, mientras pasaba por las afueras de Sevilla, se
detuvo a descansar y a conversar con un herrero. El hombre se mostró muy interesado en lo que
aquel jorobado le decía. Julianillo, sin sospechar ningún peligro, le compartió su fe y al despedirse
le regaló un Nuevo Testamento.
Sin perder tiempo el herrero delató al valiente Julianillo. Inmediatamente la "Santa Inquisición"
dasató una feroz cacería humana. Julianillo huyó del área de Sevilla y se escondió en la Sierra de
Córdova. Por un tiempo logró eludir a los esbirros del "Santo Oficio".
Un día, fue descubierto y apresado, era el año 1557. Lo pusieron en un sucio calabozo y fue
torturado brutalmente durante tres años. Trataron en vano que el valiente Julianillo negara su fe;
pero aquel hombrecito de cuerpo endeble y contrahecho tenía una voluntad inquebrantable.
Fue sometido a crueles torturas que lo hacían desmayarse una y otra vez. En el potro lo estiraron
de las muñecas y tobillos hasta descoyuntarle los hombros y rodillas. Pero a pesar de todo su
sufrimiento, su actitud de perdón y de amor hacia sus victimarios no cambió. Cada vez que
terminaba una de las sesiones de tortura, al recobrar la conciencia alababa a Dios y oraba por sus
perseguidores.
Julianillo no le tenía miedo a ningún dignatario de la iglesia católica. Sabía que le podrían quitar la
vida aquí en la tierra, pero que no dejaría que le arrebataran la vida eterna con Jesús.
Constantemente discutía con los frailes, rebatiendo sus argumentos con citas bíblicas.
Por fin, el 22 de diciembre de 1560, casi tres años después de su arresto, al ver que no lograban
que renunciara a su fe, Julianillo y otros trece hermanos en Cristo fueron llevados a la hoguera
donde serían quemados vivos.
En el camino, Julián Hernández animaba a sus compañeros recordándoles que en poco tiempo
podrían ver el rostro de Jesús, su Salvador. Al llegar al lugar de la ejecución, Julianillo recitó los
versos de 2a. de Timoteo 4:7 y 8.
A pesar de las terribles lesiones que le habían causado las torturas, al momento de ir a la hoguera,
Julianillo se comportó con el valor de siempre; se paró tan erguido como se lo permitían sus heridas
y su humanidad enclenque y deforme. Sin mostrar el menor temor se colocó unos manojos de leña
encima; uno de los frailes trató de hacerlo renunciar a su fe pero sólo se encontró con la
inclaudicable resolución que había caracterizado a aquel hombre. Al fin, viendo que nada lograban,
prendieron la hoguera y el heroico mártir en medio de terribles sufrimientos pasó de la presencia de
sus brutales verdugos a la presencia del Señor Jesús. Del sufrimiento a la dicha eterna de
contemplar a su Salvador.


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