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                                      Bartolomé
                                            Armenia, año 70 d.C.

El rey de Armenia le gritó a Bartolomé: “Estás alterando la adoración de nuestros
dioses. No sólo eso, ¡También has pervertido a mi propio hermano!”. Pero
Bartolomé no se retractó.
Era uno de los doce discípulos originales. Había predicado valientemente el
mensaje de Jesús por 37 años. Predicó en las ciudades paganas de lo que hoy
es Turquía, luego viajó a la India. Una vez en la India, aprendió el lenguaje,
tradujo el Evangelio de San Mateo y le enseñó a los indúes el camino de la
Salvación en Cristo Jesús. Predicó en doce ciudades de Armenia (entre lo que
hoy conocemos como Turquía e Irán). Mucha gente se convirtió de la idolatría y
siguió a Jesús. Uno de los convertidos era hermano del rey de Armenia con toda
su familia.
Bartolomé valientemente le respondió al rey: “He predicado la adoración
verdadera de Dios por todo tu país. No he pervertido a tu hermano ni a su familia,
por el contrario, los he convertido a la verdad”.

El rey Astyagues amenazó a Bartolomé diciéndole: “A menos que dejes de
predicar a Cristo y comiences a hacer sacrificios al dios astaroth, serás
condenado a muerte”.
Bartolomé respondió: "Puedes estar seguro rey Astyagues que yo nunca haré un
sacrificio a tu ídolo. Antes que negar mi fe, sellaré lo que he predicado con mi
propia sangre”.
Al oír esto, el rey ordenó y dijo: “Quiero que este hombre padezca la más severa
tortura. Primero, que reciba golpes en todo el cuerpo. Luego, cuélguenlo de
cabeza en una cruz y finalmente, quítenle la piel estando vivo”.

El mandato del rey fue seguido al pie de la letra. Bartolomé fue golpeado,
crucificado y desollado. A pesar de todo esto, estaba todavía consciente y seguía
exhortando a la gente a creer en Jesús y a que adoraran solamente a Dios.
Finalmente, y para evitar que siguiera hablando, uno de los hombres del rey,
tomó un hacha y le cortó la cabeza. Bartolomé se unió a Jesús, su Señor.
La historia de la iglesia registra los nombres de hombres y mujeres como
Bartolomé, que se han mantenido en el llamamiento supremo hasta que sus
voces han sido silenciadas por la muerte. A pesar de sufrir crueles torturas
mantuvieron su testimonio, con la esperanza de que sus últimas palabras
ayudaran a otra persona a creer.