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Escritos
clásicos
Carta de un cruzado
Existen en el mundo solamente dos cartas escritas por cruzados de alto rango, esta es una de ellas.
Esta carta fue escrita por Anselme de Ribemont, Conde de Ostrevant y de Valenciene, participante de la primera
cruzada y dirigida a Manasses II, arzobispo de Reims 1098 d.C.
A su reverendo señor, por la gracia de Dios arzobispo de Reims, Anselme de Ribemont,
su vasallo y humilde sirviente, saludos.
En tanto que usted es nuestro señor y que el reino de Francia especiamente depende
de su cuidado, le decimos, nuestro padre los eventos que nos han ocurrido y la
condición del ejército del Señor. En primer lugar, aunque no ignoramos que el discípulo
no es mayor que su maestro, ni el siervo más que su señor, aconsejamos y le rogamos
en el nombre de nuestro Señor Jesús considerar lo que usted es y cuál es el llamado de
un sacerdote y obispo. Por tanto, provea para nuestra tierra para que los señores
puedan mantener la paz entre ellos mismos, los vasallos puedan trabajar con seguridad
en sus propiedades y los ministros de Cristo puedan servir al Señor con paz y
tranquilidad. También le suplico a usted y a los canónigos de la santa madre iglesia de
Reims, mis padres y señores, que nos recuerden, no solamente de mí y de aquellos que
están ahora sudando en el servicio de Dios, sino también de los miembros del ejército
del Señor que han caído en armas o muerto en paz.
Pero aparte de estas cosas, retornemos a lo que prometimos. Después que el ejército
llegó a Nicomedia que está situada a la entrada de la tierra de los turcos, nosotros
todos, señores y vasallos, limpios por la confesión, fortificados nosotros mismos al
participar del cuerpo y de la sangre de nuestro Señor, y procediendo de ahí hacia
Nicaea el segundo día antes de las novenas de mayo. Después de asediar la ciudad
por varios días con muchas máquinas de guerra, la astucia de los turcos, como en
muchas otras ocasiones, nos engañó grandemente. Porque cada día en que
prometieron rendirse, Solimán y todos los turcos se reunieron desde regiones cercanas
y distantes, de pronto nos cayeron encima y trataron de tomar nuestro campamento. Sin
embargo el conde de Gilles con el remanente de los Francos, llevaron a cabo un ataque
y mataron a una gran multitud. El resto de los atacantes huyó en confusión. Nuestros
hombres retornaron victoriosos llevando muchas cabezas clavadas en picas y lanzas,
llevando un gozoso espectáculo para la gente de Dios. Esto fue en el diecisieteavo día
antes de las calendas de Junio.
Ante los ataques que se producían día y noche, se rindieron el treceavo día antes de las
calendas de Julio. Entonces, los cristianos entraron tras los muros con sus cruces y
estandartes imperiales, reconciliando la ciudad con Dios y tanto dentro como fuera de la
ciudad gritaron en griego y en latín "Gloria a ti, oh Dios". Habiendo logrado esto, los
príncipes del ejército se encontraron con el emperador que vino a ofrecerles su
agradecimiento y habiendo recibido de él regalos de inestimable valor, algunos se
retiraron con buenos sentimientos, mientras que otros con emociones diferentes.
Movimos nuestro campamento de Nicaea el cuarto día antes de las calendas de julio y
comenzamos una caminata de tres días. El cuarto día, los turcos reunieron fuerzas
provenientes de todos lados y de nuevo atacaron una pequeña parte de nuestro ejército,
matando a muchos de nuestros hombres y haciendo correr al resto en retirada a sus
campamentos. Esa sección estaba comandada por Bohemond, conde de Roma, por el
conde Esteban y por el conde de Flandes. Cuando estas tropas estaban siendo presa
del terror, aparecieron los estandartes del grueso del ejército, a la cabeza iba Hugo el
Grande, el duque de Lorena y el conde de San Guilles, seguidos por el venerable obispo
de Puy quienes habían oído de la batalla y se apresuraban para acudir en nuestra ayuda.
El número de turcos se estimó en 260,000. Todo nuestro ejército los atacó, matando a
muchos y haciendo correr al resto. Ese día yo regresé de ver al emperador ante quien
los prícipes me habían mandado para tratar asuntos públicos.
Después de ese día nuestros príncipes se mantuvieron juntos y no se separaron más.
Luego, al atravesar Rumanía y Armenia no encontramos obstáculos, excepto después
de pasar Iconio, nosotros, los que formabamos la vanguardia, vimos unos cuantos
turcos. Luego de desbandarlos, el doceavo día antes de las calendas de noviembre,
iniciamos el asedio de Antioquía capturando por la fuerza los lugares circunvecinos, las
ciudades de Tarso y Laodicea y muchas otras. Cierto día, antes de poner asedio a la
ciudad, en el "Puente de Hierro" pusimos en desbandada a los turcos quienes se habían
dispuesto a devastar los alrededores y rescatamos a muchos cristianos, llevando luego
los caballos y los camellos cargados con un gran botín.
Mientras asediabamos la ciudad, los turcos de los alrededores mataban diariamente a
quienes se separaban del ejército. Los príncipes de nuestro ejército al ver esto, mataron
a 400 turcos que esperaban emboscados, a otros los llevaron hasta un río y tomaron
algunos prisioneros. Puede estar seguro que en este momento estamos asediando
Antioquía con toda diligencia y esperamos capturarla pronto, aunque la ciudad cuenta
con una increíble cantidad de grano, vino, aceite y toda clase de comida.
Sin embargo, pido que usted y todos a los que esta carta llegue, oren por nosotros y por
nuestros hermanos que han partido. Los que han caído en batalla son: En Nicaea,
Baldwino de Ghent Baldwino Ghalderuns, quien fue el primero en atacar a los turcos y
que cayó en batalla en las calendas de julio, Roberto de París, Lisiardo de Flandes,
Hilduino de Mansgarbio, Ansellus de Caien, Manasés de Clermont.
Los que murieron a causa de enfermedades fueron: En Nicea, Guy de Vitreio, Odo de
Vernolio, Hugo de Reims; en la fortaleza de Sparnum murió el venerable abad Roger,
que era mi capellán ; en Antioquía, Alard de Spiniaeco, Hugo de Galniaco.
Una y otra vez les suplico, a ustedes que leen esta carta, oren por nosotros, y usted mi
señor arzobispo que ordene a sus obispos cumplir con esto. Y sepan por seguro que
hemos capturado para el Señor 200 ciudades y fortalezas. Que nuestra madre, la iglesia
occidental se regocije por haber traído al mundo tales hombres, que están obteniendo
para ella tan glorioso nombre y que están asistiendo maravillosamente a la iglesia
oriental. Y para que crean todo esto, sepan que ustedes me han enviado un tapete por
Raymond "de Castello".
Hasta pronto,
Escrita en Antioquía, 10 de febrero de 1098.