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Escritos
clásicos
                           A Cristo Crucificado

Aunque de autor anónimo, es el soneto más ilustre de la literatura española.
 Apareció por primera vez en 1628 en el libro "Vida del espíritu para saber
tener oración con Dios" de Antonio Rojas.  Se le ha atribuido a Ignacio de
Loyola, Teresa de Jesús y Lope de Vega entre otros.
No me mueve, mi Dios, para quererte
El cielo que me tienes prometido;
Ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
Clavado en una cruz y escarnecido;
Muéveme ver tu cuerpo tan herido;
Muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
Que aunque no hubiera cielo te amara
Y aunque no hubiera infierno te temiera.

No tienes que me dar porque te quiera;
Pues aunque cuanto espero no esperara,
Lo mismo que te quiero te quisiera.